Todos rajamos en el trabajo. En el café antes de entrar a la oficina, en el chat con tus compañeros, en la cena con tus amigos. Y sí creo que puede venir bien en muchos casos, nos alivia, nos desahogamos, conectamos con otros que opinan lo mismo y recibimos validación por nuestras preocupaciones. No es malo en sí mismo, mejor sacarlo que dejarlo enquistado dentro.

El problema es cuando se convierte en una excusa para no hacer nada. Quejarnos de lo que nos rodea y lo que no está bajo nuestro control es mucho más cómodo que plantearnos qué es lo que sí podemos cambiar y ponernos manos a la obra.

Por qué el entorno corporativo es el ecosistema perfecto para que esto escale

Cuando te quejas, estás articulando un problema, buscando aliados, analizando una situación. Hay movimiento emocional. Hay respuesta del entorno. Pero al final del día, la situación que te molestaba sigue exactamente igual.

Lo que sí ha cambiado es tu energía disponible para transformarla dentro de lo posible.

El alivio que produce quejarse reduce temporalmente la tensión asociada a un problema, lo que disminuye la urgencia percibida de resolverlo.

Las organizaciones con problemas estructurales, que son básicamente todas, generan quejas legítimas constantemente. La reorganización absurda, el manager que no da feedback, etc.

Todo eso es real. No voy a decirte que el sistema funciona bien y que el problema eres tú.

Pero hay algo que he observado en casi todos los profesionales con los que trabajo: las personas que más se quejan del sistema son frecuentemente las que menos avanzan dentro de él. No porque el sistema las penalice por quejarse, aunque a veces también ocurre eso, sino porque la queja constante agota los recursos que necesitarían para jugar estratégicamente.

La queja como identidad

Existe una diferencia entre quejarte de algo y convertir la queja en tu posicionamiento personal.

El primer nivel es ocasional y humano. El segundo es cuando tu identidad profesional y social empieza a organizarse alrededor de conectar con otros únicamente a través de lo que no nos gusta.

Reconozco este patrón porque es seductor. Hay algo genuinamente inteligente en ser crítica con los sistemas. Pero en algún punto deja de ser una herramienta de análisis y se convierte en una trampa de identidad en la que te sientes superior a tu entorno, pero sin avanzar en él. O sin hacer suficiente autocrítica como para ver qué parte del problema puedes mitigar si miras un poco hacia dentro.

Lo que distingue la queja del análisis crítico útil

No estoy argumentando el positivismo tóxico de "deja de quejarte y sé agradecida". Ese consejo es tan dañino como el problema que pretende resolver.

La diferencia está en a dónde te lleva el pensamiento.

La queja es circular: parte de un problema, vuelve al problema, refuerza el problema. Su función es emocional: descarga, conexión, validación.Y se agota en sí misma.

El análisis crítico es lineal: parte de un problema, identifica variables, evalúa opciones, orienta hacia una decisión. Puede ser igualmente incómodo, igualmente honesto sobre las disfunciones del sistema, pero termina en algún sitio accionable.

La pregunta que te cambia el patrón no es tanto si tienes o no razón al quejarte. Es: ¿esta conversación me está acercando a algo o simplemente me está haciendo sentir mejor temporalmente?

Lo que puedes hacer en su lugar

Existe una queja funcional, la que usas para procesar algo que te ha afectado, nombrarlo, y soltarlo. Esa es humana y necesaria. El problema es la queja crónica, la que regresa una y otra vez sobre los mismos temas, con los mismos interlocutores, llegando siempre a las mismas conclusiones.

Lo que rompe ese ciclo no es el optimismo forzado ni la disciplina de "prohibirte" quejarte. Es aprender a hacerte una pregunta distinta cuando aparece la queja: dentro de mis márgenes de acción reales, ¿qué podría hacer diferente? No tienes que poder cambiar el sistema, ni demostrar que tienes razón, ni esperar a que la situación sea justa para moverte. Solo necesitas identificar cuál es tu próximo paso posible, aunque sea pequeño, aunque sea imperfecto.

Y a veces, la respuesta honesta a esa pregunta es que no hay margen. Que la situación es objetivamente insostenible y que ningún ajuste táctico va a cambiarla. En ese caso, la queja te está dando una información muy concreta que probablemente llevas tiempo ignorando: que no es un problema de adaptación, sino de decisión. Que lo que toca no es seguir describiendo por qué el lugar es insufrible, sino empezar a planear seriamente cómo salir de él.

Si llegaste al final de este artículo con más preguntas que respuestas sobre tu propia situación, probablemente ya sabes que necesitas algo más que reflexionar solo/a. Abro agenda de asesorías de estrategia laboral para abril y mayo. Puedes dejarme tus datos en este link

Nos leemos el martes que viene,

— Verónica

AntiBurnoutLab

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